Policías impiden a un joven entrar en un camión en Melilla.
Policías impiden a un joven entrar en un camión en Melilla.

La noche más larga de la feria en Melilla

Decenas de inmigrantes intentan cada año cruzar el Estrecho escondidos en las atracciones cuando terminan las fiestas

“Es un juego”, cuenta Ibrahim. “La policía viene, te echa, te metes otra vez, te echa… es como estar jugando”. El joven marroquí de 29 años lleva media noche merodeando por la explanada donde la madrugada del lunes desmontaban las atracciones tras nueve días de feria en Melilla. Su objetivo es entrar en uno de los camiones que embacarán en los ferris que conectan la ciudad autónoma con la península. Lo lleva intentando, dice, desde 2008. Esta no es su noche.

La Operación Feriante se saldó ayer con 58 personas —10 menores— interceptadas por la Policía Nacional y la Guardia Civil en el interior de los vehículos camino del puerto. Esa cifra es ligeramente inferior a la de 2018, pero consolida un fenómeno que se ha convertido en una tradición de fin de fiestas tanto en Melilla como en Ceuta, territorios fronterizos con Marruecos a escasa distancia de la promesa de Europa.

La función arranca en cuanto se apagan las luces del ferial. Los fiesteros rezagados que se juegan una última oportunidad en la tómbola abandonan la explanada de San Lorenzo en mitad de un maremágnum de operarios, patrullas de policías y decenas de chavales que deambulan por las zonas más oscuras a la espera de la ocasión perfecta para echar a correr y esconderse en cualquier agujero que permita respirar. “Se meten en el mínimo hueco”, cuenta Ismael, melillense de 16 años que se saca algo de dinero vigilando el desmontaje de una de las atracciones. Se ocultan en los bajos, entre las ruedas, tras la cabeza del camión. “El peligro es abajo”, dice este adolescente.

La noche apenas ha empezado a las 2.00 y no acabará hasta la hora del embarque, ya de buena mañana, cuando el despliegue de fuerzas de seguridad se concentra a los accesos del puerto y en la zona de embarque. El inicio es casi una partida donde todos mueven ficha, amagando, mientras los feriantes siguen trabajando. En cualquier momento se escucha un grito, se cuchichea sobre cuántos se han metido dónde y se discute la estrategia para perseguir a los polizones: “Hay que estar atentos a cuando echan a correr”, apuntan dos operarios.

“Van a buscarse la vida”, describe Hassan, melillense treintañero y funcionario. A su lado asiente Ibrahim, residente al otro lado de la valla. Está esperando que se calmen las aguas conforme avance la madrugada porque aún, valora, hay mucha gente para intentarlo. “En Marruecos no hay trabajo, no hay nada que hacer”, dice.

Los empresarios y propietarios de las atracciones se quejan de que el dispositivo de seguridad, concentrado en las instalaciones portuarias, no protege sus inversiones. “Podrían echarlos”, protesta Gabriel, que sí ha visto este año cómo en Ceuta cortaban el acceso a lugar donde estaban instalados mientras desmontaban. “Aquí tengo que contratar hasta vigilantes”, dice este feriante con más de 15 años a sus espaldas. “El problema es que rompan cosas. ¿Eso quién lo paga?”.